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viernes, 27 de noviembre de 2009


Ganadores del concurso de relato breve "Mi querida fantasma"


Aquí puedes leer los dos relatos ganadores del concurso de nuestra querida monja, escritos por Carmen Abreu Fernández, de 2º ESO-A, y Pablo Fernández Espuny, de 4º ESO-A.


LA LEYENDA DE LA MONJA, Carmen Abreu Fernández.



En el pueblo de Osuna todo el mundo, sobre todo los alumnos del instituto Francisco Rodríguez Marín, conocía la leyenda de “la monja”. Esta leyenda decía que hubo una monja en el antiguo asilo, que actualmente es el instituto, que murió y desde entonces su espíritu vaga por el edificio y aparece todas las noches. Esta historia se usa sobre todo para asustar a los alumnos recién llegados, que se lo creen todo.

Lucía llegó a Osuna en pleno invierno debido a la mudanza a la que se vio obligada su familia por el trabajo de su padre. Mudarse en 2º de ESO no es fácil y menos si tus compañeros empiezan a contarte historias sobre fantasmas que andan de acá para allá sólo por ser la nueva. Pero Lucía no creía en esas cosas y no se dejó intimidar. Al ser muy tímida no conseguía hacer amigos y esto la hacía muy vulnerable, cosa que sus compañeros usaron para hacerle la vida imposible.

Así que un día, harta de burlas e intentando ganarse un poco de respeto y admiración, hizo una apuesta con los demás diciendo que pasaría la noche en el instituto y demostraría que no existía esa tal monja. Los chicos pusieron la condición de que si la veía, le sacara una foto, así que el suceso se fijó para la noche del viernes. Lucía esperó el día con mucha tranquilidad y llegado el viernes, se escondió en un rincón y esperó a que todos los profesores salieran y los conserjes cerraran la puerta principal. Ver los pasillos tan solitarios y silenciosos le dio un poco de miedo, pero para entretenerse y esperar a que anocheciera se puso a jugar con los ordenadores. Le mandó un correo a su madre diciéndole que se estaba divirtiendo mucho en casa de su amiga, ya que le había dicho que por fin había hecho amistades y que dormiría en casa de ésta.

Estaba en la pantalla cuando oyó unos pasos que venían de fuera de la clase, del pasillo: “Será un conserje que está dando una vuelta”. Al cabo de un rato, Lucía fue al baño, y mientras se lavaba las manos, le pareció ver a alguien detrás de ella reflejado en el espejo. Giró la cabeza. Nadie.
-Está claro: estoy demasiado cansada y la cabeza me está jugando malas pasadas. Cuando salió al pasillo volvió a sentir esa especie de presencia, como si alguien a estuviera observando, y entonces la vio. Llevaba el típico hábito negro y blanco y estaba de pie en las escaleras, sonriendo malévolamente.

Al principio, Lucía se quedó en estado de “shock”, mientras su cerebro trataba de asimilar lo que había visto. Al fin reaccionó y empezó a correr todo lo rápido que pudo hacia la clase. Echó el cerrojo de la puerta y trató de tranquilizarse; no podía ser lo que ella creía. La monja.
-Esto no puede estar pasando, está claro que es mi imaginación. Pero… yo sé lo que he visto… ¡NO! Tranquilízate Lucía, tú sabes que ese tipo de cosas no existen-pensó. Se dirigió hasta su mochila y cogió la cámara, sólo por si acaso. ¿Quién la mandaría a ella meterse en el instituto de noche, solo por una panda de chavales?

Después de un largo rato tratando de calmarse y de convencerse de que no había nadie allí fuera, consiguió dormir un rato hasta que otro ruido la despertó. No sabía bien qué era, pero tenía sed y se armó de valor para ir al baño a por agua (llevándose la cámara consigo “por si las moscas”). De vuelta en la clase volvió a sentir que había alguien más allí, así que para distraerse empezó a hacerse fotos. Cuando las estaba mirando se detuvo en una en la que aparecía ella con una especie de sombra detrás. Amplió la imagen para verla mejor y se llevó tal susto que se le cayó la cámara al suelo. Era ELLA, allí sentada tranquilamente, observándola. No quería volverse o se desmayaría. Antes de llegar a la puerta, echó a correr y miando hacia atrás vio que ella la seguía; le entró aún más pánico y cuando se topó con los brazos de Jorge, el conserje, pensó que la había atrapado y todo se volvió negro.

Cuando despertó, Lucía estaba en su habitación y su madre estaba sentada en el borde de la cama. Le dijo que había hecho una estupidez al quedarse en el instituto y que cuando se chocó con Jorge, se desmayó y tuvieron que llamar a una ambulancia. En todo el camino no había parado de decir semiinconsciente: “Ella nos persigue… la he visto…”. Cuando su madre se marchó, Lucía miró las imágenes de la cámara y se quedó atónita. La foto no estaba. Desde entonces Lucía cambió, y nunca volvió a decir que no creía en las leyendas: lo había vivido en su propia piel. Prevenía a la gente, lo que le dio la fama en todo el pueblo de ser la chica que se volvió loca al ver a la monja del instituto Francisco Rodríguez Marín.





LA MONJA, Pablo Fernández Espuny


Después del último día de verano, soleado pero con mucho viento, íbamos hacia el parque, mis amigos y yo, a descansar un rato después del gran partido de esa tarde. Queríamos charlar y disfrutar antes de tener que estudiar, que ya entraba la época. De camino al parque, anocheciendo, escuchamos unos gritos que provenían del instituto, nos asustamos y echamos a correr. De repente, todas las luces de la calle y de las casas empezaron a oscilar. Nosotros, cagados de miedo, no se nos ocurrió otra cosa que saltar al instituto donde se veía una tenue luz…pero por lo menos, había luz.

Mientras saltábamos, escuchamos unos fuertes pasos rítmicos a la vez que oscilaban las luces, gritando palabras, si es que eran palabras, ininteligibles para cualquier ser humano. Nosotros, con la prisa, no nos dimos cuenta de que no había ni un alma en toda la calle y que esto ya no era ninguna tontería. Ya dentro del instituto, dejamos de oír las voces y seguimos adentrándonos siguiendo la luz, que provenía del pasillo del tercer piso, en la parte antigua del instituto. Llegamos a la puerta principal, que, casualmente estaba abierta. Nos adentramos en el pasillo y, con mucho sigilo, proseguimos nuestro camino esperando encontrarnos con alguien que nos explicase la situación.

Llegamos a las escaleras y empezamos a subir. Cada vez había más luz, pero nada, ni un sonido y la calle seguía igual. Cuando llegamos al principio de las escaleras del segundo piso, sentimos el ambiente un poco frío, como si algo inhóspito rondase en el instituto aquella noche. Y de pronto…una campanilla. Nada más el indiscutible sonido de una campanilla resonando y haciendo eco en las paredes.

Mis amigos y yo no podíamos volver atrás; no en ese momento. Empezamos a subir peldaños, uno detrás de otro, con el corazón latiendo a máxima velocidad. Quedaba poco para la larga espera de subir la escalera, esa noche se estaba transformando en un verdadero sufrimiento. Ya quedaba menos. Cinco escalones: nada menos que cinco y no queríamos levantar cabeza por el gran miedo que sentíamos. Cuatro escalones, tres, dos, un escalón nada más, respiramos hondo y levantamos el rostro todos a una. Allí estaba. En medio del pasillo un cuerpo resplandeciente de una monja, cuya historia nos habían contado pocas veces, no por miedo, sino por no darle importancia. Y allí estabamos nosotros, plantados frente a la monja sin saber qué hacer, sin saber qué pensar, pero en algún momento tendría que pasar algo.

De repente, empezó a acercarse lentamente, haciendo más luminoso el pasillo. Nosotros, paralizados como estatuas, sin saber qué hacer y sintiéndonos más fríos por dentro cada vez que la monja daba un paso. Se me acercó y me tocó el brazo con la punta de sus dedos…y de pronto, una luz cada vez mayor que oscilaba hasta la oscuridad. Me había desmayado.

Pero la mañana siguiente fue tan normal, como si no hubiese ocurrido nada. Todo esto lo hablé con mis amigos, y nunca supimos si lo que vivimos aquella noche de verano fue un sueño, o la monja existe de verdad. Esto por supuesto, nunca se lo hemos contado a nadie, faltaría más que nos tomaran por locos, pero por algo he escrito esto, para que esta historia salga a la luz y que próximas generaciones no vuelvan a entrar en el instituto de noche, si no quieren llevarse un buen susto.

martes, 3 de febrero de 2009

POEMAS DEL DÍA DE LA PAZ (II)

Poema ganador del concurso


Un mundo con paz

No tengo rosas que darte
ni regalo que ofrecerte,
pero sí tienes mi amistad
y mi amor sinceramente.
No quiero perla de mar
ni perfume del oriente,
sólo quiero la paz que
dure eternamente.
La paz es una perla
fácil de encontrar;
ya que tú y yo la tenemos,
la debemos conservar.

Elisa García Aranda (2º ESO-C)



Poemas finalistas


Una sola paz

La paz es como un sentimiento,
ni se huele ni se siente.
Pero sí puedes verla dentro
de este mundo tan reluciente.

Aunque la paz hay que trabajarla,
no hay que pensar como una fiera.
Pero ¿cómo voy yo a realizarla
si cada día aumentan las guerras?

No hay que desesperarse,
la paz tiene sus puertas abiertas.
Pero nunca hay que confiarse,
aunque éstas nunca se cierran.

Como escudo se encuentra una paloma
blanca y resplandeciente,
que revolotea como una ola
nacida del sol naciente.

Con este poema pretendo
que pensemos en un día de tantos,
cómo podría ser
la paz que todos deseamos.

Mauro Sánchez Quintero (2º ESO B)



Paz y esperanza

La paz es un haz de luz
que llega a nuestros corazones
en forma de aviones cargados de esperanza.
¡Añoranza! Es lo que sienten miles de personas,
intrigadas por que llegue esa luz de confianza.
¡Siente esa forma de vida que nos inspira
a todas las personas a parar la ira!
¡Paremos los conflictos sociales!
¡Todos ellos inmorales!
¡Mantengamos ese haz de luz!


Jaime Ferrón Torrejón (2º ESO B)



El jardín

La paz es una flor
que tres pétalos posee.
En el primer pétalo
lleva escrita la letra
P.
En el segundo, la letra
A.
Y en el tercero, la letra
Z.
Es muy bonita, con vivos
y fuertes colores.
El problema es que al
lado hay un espino
en el que pone "guerra";
éste te pincha nada más
leerlo.
Yo no puedo quitarlo,
pero quizás, entre todos,
sí podamos.
¡Todos unidos contra la guerra!


Mª Belén Ortiz Gallardo (2º ESO-D)



jueves, 29 de enero de 2009

El Salero (II)

Continuamos con otros ejemplos de textos creados por alumnos de 2º ESO, siguiendo las pautas que ya explicamos en la primera entrada dedicada a este tema.
Aventura en el campamento

Hace algunos años pasé los mejores días de verano de mi vida. Fue en un campamento en Bobadilla de la Sierra, situado en un precioso bosque al que la gente del pueblo llamaba El Salero.
Fueron mis mejores vacaciones porque allí fui con mis primos y mis amigos. Había muchas actividades que hacer durante el día: íbamos de excursión para conocer todos los tipos de plantas comunes por la zona; también se podía hacer escalada, senderismo y conocer los animales autóctonos. Pero para mí, lo más importante, y que siempre recordaré, es que aprendí a nadar gracias a los monitores que trabajaban con nosotros… Fueron unos días estupendos, aunque todo no podía ser perfecto.
Un día, en una de nuestras muchas excursiones, íbamos un poco más lejos de lo habitual. Se trataba de acampar una noche en el bosque. El camino se nos hizo un poco largo. Se nos hizo de noche sin darnos cuenta y no habíamos conseguido aún llegar al sitio planeado por los monitores, donde estaban la leña y los utensilios para hacer de comer.
En ese momento, los monitores se dieron cuenta de que habían elegido el camino equivocado y ya no era posible avanzar por la oscuridad. Estábamos un poco asustados, pero al menos contábamos con tres personas adultas. En medio de este problema se escuchó:
- ¿Qué hacemos para cenar esta noche? –preguntó un muchacho.
Entonces, Alfonso y Cristian, dos de los monitores, fueron por caminos separados a buscar leña, mientras que Andrés se quedó con nosotros.
Una hora después regresó Alfonso, preguntando por Cristian. Nadie sabía nada de él. Pasaban las horas y no regresaba. A la mañana siguiente nos dividimos en dos grupos para buscar mejor a Cristian: grupo A y grupo B. El segundo fue el que localizó al monitor en una trampa ilegal para animales. No podía moverse y le dolía mucho el pie.
Ante esta situación, lo ayudamos a llegar al campamento. Allí no había cobertura en los teléfonos, pero al día siguiente, al ver que no regresábamos a El Salero, nuestros compañeros llamaron a la policía, quienes llegaron apresuradamente para rescatarnos. Ahí terminó nuestra aventura y una de mis mejores y más divertidas vacaciones.

Autor: Alberto Ledesma Herrera (enero 2009) 2º ESO-C




El joven Gabriel

Entre unas montañas altas, blancas por la nieve, se encontraba un pueblecito, que cada día era el primero en descubrir el amanecer. Sus habitantes no conocían la tristeza, amables y afables, reían, bailaban, cantaban y disfrutaban. Cada día era una fiesta, por lo que es fácil comprender que la gente del pueblo llamaba a aquel lugar El Salero.
Allí vivía mucha gente rica, pero también pobre y humilde, entre ellos una familia muy buena que ayudaba a los demás y siempre estaba dispuesta a colaborar en todo aquello que se fuera a realizar en el pueblo. Eran tres sus miembros, una viuda mujer y sus dos hijos, Gabriel, el mayor y Minerva, la hija pequeña. Ella iba a la escuela y él, que ya había terminado los estudios, se quedaba en casa ayudando a su madre. A veces también hacía pequeños trabajos para algunos vecinos del pueblo: el carpintero, el herrero, el panadero, el sastre, etc.
Aquella mañana, Gabriel fue la bosque a recoger leña para la chimenea. Una vez la hubo recogido, emprendió el camino de vuelta a casa. Pero al cabo de un rato empezó a sentirse mareado, tal vez porque transportaba demasiado peso. Al llegar, su madre se percató de la palidez de su rostro y decidió llamar al médico. Éste, un hombre bueno y con mucha experiencia, dijo que era un simple resfriado, que no se preocupara, pero que debía guardar reposo.
Al atardecer, Gabriel dijo a su madre:
- ¿Qué hacemos para cenar esta noche? –preguntó el muchacho.- No he podido ir a la compra.
La madre, con una sonrisa, respondió:
- Leche caliente, chocolate y panecillos. ¡Es delicioso! ¿No te parece?.-
Cenaron los tres juntos y, a pesar de ser pobres, disfrutaron de la cena porque estaban unidos.
A la mañana siguiente, Gabriel se levantó con mucha energía, se sentía mejor, por lo que le pidió a su madre acompañar a Minerva a la escuela. Los dos hermanos caminaban alegremente; a la chica le gustaba ir al colegio porque todos los días aprendía muchas cosas y compartía juegos con sus compañeras y compañeros.
De regreso a casa, Gabriel siguió el camino que cruzaba el bosque. “¡Oh, un pajarillo! Parece que no puede volar.- pensó el muchacho. Mientras socorría al polluelo se dio cuenta de que en el suelo había unas alforjas. A pesar de las advertencias de su madre sobre no coger nada que no fuera suyo, Gabriel las tomó junto a su pequeño amigo, el pajarillo, y se dispuso a regresar a casa.
Menuda reprimenda le echó su madre:
- ¡En estas alforjas hay mucho dinero! Quien las haya perdido estará muy preocupado.
De pronto, escucharon las voces de unos hombres que llegaron apresuradamente a la casa y llamaron a la puerta.
- Disculpe, señora, hemos perdido unas alforjas y nos preguntábamos si alguien…
-¡Aquí tiene! Mi hijo las ha encontrado.
Así, además de una recompensa, Gabriel se quedó con el pajarillo.

Autora: María Cárdenas Serrato (enero 2009) 2º ESO-C

miércoles, 28 de enero de 2009

CONCURSO DE POEMAS PARA CELEBRAR EL DÍA DE LA PAZ

El próximo viernes, día 30 de enero, celebramos el Día Escolar por la Paz, y con ese motivo, el Departamento de Actividades Extraescolares ha convocado un concurso de poemas.
El ganador del certamen, cuyo nombre conoceremos el citado día 30, además de recibir su premio, verá su texto colgado en el blog. Lo acompañarán otros poemas que también merecen ser destacados, aunque ya sin obsequio.
A partir del viernes, podremos leerlos en esta entrada.




EL SALERO

Presentamos en esta entrada algunos textos escritos por alumnos de 2º ESO de nuestro Centro, a raíz de la actividad de creación que se les propuso para las vacaciones de Navidad.
Para evitarles el pánico a la hoja en blanco, debían seguir unas pautas creativas: emplear unas determinadas palabras u oraciones, las mismas para todos, de forma coherente en su relato. Aparecen en cursiva esas "piezas comunes" en todas las historias.

Iremos publicando algunas muestras de “sus obras maestras”, pero de momento, aquí van los primeros.



El Salero


Érase una vez, en un lugar perdido del océano, un pueblo de unos mil habitantes. Puesto que estba junto al mar, vivía d ela producción de sal; por eso la gente del pueblo llamaba a aquel lugar El Salero.
Todos vivían muy felices y unidos hasta que un día llegó al pueblo un tal Sr. Smith, muy interesado por las salinas que allí había. El Sr. Smith quería construir en el lugar una fábrica de sal con la supuesta intención de que así, el pueblo se enriquecería mucho y El Salero se haría muy famoso.
Al alcalde le pareció muy buena idea, de modo que aceptó. El Sr. Smith se puso manos a la obra y en varios meses, la fábrica ya estaba lista para ponerse en marcha. Pasaron las semanas y las cosas, puede decirse, que iban bien. Hasta que en una ocasión, el alcalde se acercó a la fábrica para preguntar al dueño qué tal le iban las cosas.
Fue entonces cuando notó algo extraño: dentro de la empresa la sal no se depositaba en paquetes pequeños independientes, sino que iba en grandes sacos marcados con la inscripción “Destino Francia”.
Al alcalde le pareció extraño, así que decidió hablar con el Sr. Smith. Entró en su despacho y le pidió explicaciones sobre los sacos. El gerente le explicó que la sal era exportada a Francia y allí comerciaban con ella en los mercados. El alcalde se fue muy poco convencido con las excusas.
Mientras, el pueblo se iba quedando poco a poco sin sal y el problema era cada vez mayor. Estaba afectando a todos los habitantes hasta el punto de no poder utilizar sal ni en las comidas, por lo que éstas cada vez tenían peor sabor.
En la casa del alcalde, su mujer tenía el dilema de cómo hacer de comer sin que su hijo William notara la ausencia de sal. El chico vio preocupada a su madre en la cocina:
- ¿Qué hacemos para cenar esta noche? –preguntó el muchacho.
- Mira, William, tenemos un grave problema: tu padre cree que el Sr. Smith nos está estafando. –dijo la madre.
Y así la mujer le contó a su hijo lo que pasaba con la sal. William vio que tenía que hacer algo, así que una noche se escapó de casa y se dirigió a la fábrica para ver lo que Smith se traía entre manos.
Cuando entró, escuchó al dueño hablando por teléfono con alguien:
- El cargamento de cocaína ya está preparado; va camuflado en grandes sacos de sal, así los perros no podrán percibirlos cuando lleguemos a la aduana. –dijo Smith.
El joven se quedó de piedra. No sabía bien qué hacer, así que volvió rápidamente a su casa y se acostó, aunque no pudo pegar ojo en toda la noche. Por fin amaneció y William fue corriendo a la habitación donde dormía su padre plácidamente:
- ¡Papá, despierta! ¡Papá, despierta! –gritó el chico- He descubierto lo que Smith está tramando. Es un traficante de droga y está usando la sal para exportarla a Francia. ¡Rápido, hay que llamar a la policía nates de que zarpe el barco con el cargamento!
El alcalde llamó a la policía y rápidamente se acercó a la fábrica de sal. Los agentes llegaron apresuradamente también en ese momento, justo antes de que partiese el barco lleno de droga.
- ¡Alto, está detenido! –gritaron los agentes.
Por fin, arrestaron a Smith, devolvieron al pueblo su sal y El Salero siguió viviendo felizmente.


Autora: Lidia Chavarría Navarro (enero 2009) 2º ESO-C
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Una noche de estrellas

En La Arboleda, sus habitantes acostumbraban a contemplar la lluvia de estrellas de la noche de San Lorenzo desde lo más alto del pueblo. Allí había un castillo en ruinas, del que se conservaba un torreón. La gente del pueblo llamaba a aquel lugar El Salero, porque su forma se le parecía.
En aquel día, hace algunos años, María y sus amigos se reunieron en la plaza para organizarlo todo por la mañana.
- Si queremos pasar allí toda la noche, necesitaremos muchas cosas –dijo María.
- Es cierto, debemos organizarnos bien –contestó Javier.- ¿Alguien tiene tiendas de campaña?
- Yo solía ir de campamento y creo que mi padre guardó en el trastero las dos tiendas que teníamos. Me parece que en ellas habrá sitio para todos.- propuso Cristina.
Javier aceptó: “Vale, tú te encargas de eso.”
Sara llevaría las bebidas, Juan, las mantas y Marta y su hermano, la comida.
- Nos vemos a las nueve delante del torreón. ¿Os parece?. –propuso Marta.
-¡Sí! –contestaron todos.
Se despidieron y se marcharon a casa. A Marta y a su hermano les había tocado lo más difícil:
- ¿Qué hacemos para cenar esta noche? –preguntó el muchacho.
Marta se quedó pensativa. Al cabo de un rato dijo:
- Podemos hacer unos bocadillos variados y una tarta para el postre.
- ¡Me parece bien!- exclamó él.
Cuando ya estaban los bocadillos preparados y la tarta a punto de salir del horno, el gato saltó a la mesa y empezó a comérselos.
- ¡Marta, Cati se está comiendo los bocadillos! ¡Tenemos que reponer los que faltan y no llegaremos a tiempo! –gritó el chico.
Eran las nueve y todos habían llegado, excepto Marta y su hermano. Al cabo de quince minutos, llegaron apresuradamente los dos y explicaron a los demás lo que les había retrasado.
Montaron las tiendas y esperaron a caída de la noche. La lluvia de estrellas fue maravillosa y todos la contemplaron boquiabiertos.

Autora: María Quirós Prieto (enero 2009) 2º ESO-B

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En el nombre del padre

Era invierno. 14 de enero de 1939. Un invierno frío y solitario en un pequeño pueblo de Segovia. Sobre todo para los Fernández.
Ellos eran una familia compuesta por un padre y sus dos hijos. La madre había muerto de cáncer hacía apenas un año. Un día, el padre, Luis Fernández, recibió una carta que le obligaba a marcharse al frente. Sin poder hacer nada para evitarlo, tuvo que dejar a sus hijos en un orfanato durante sus ausencia. Los chicos, Antonio y Julio, lo aceptaron.
Días después llegó la hora de partir, pero antes de subir al tren, Luis dijo a sus hijos:
- No os preocupés, hijos míos, vosotros siempre estaréis en mi corazón.
El tren se fue alejando hasta desaparecer. Los niños fueron llevados al orfanato, antiguo y solitario, donde a pesar de todo, estaban bien atendidos y recibían las cartas de su padre cada semana. Pero las noticias fueron distanciándose día tras día. Julio, el pequeño, rezaba para que su padre diera señales de vida, hasta que perdió la esperanza.
Un día, una familia procedente del campo adoptó a los dos hermanos. El matrimonio vivía en un cortijo que, en realidad era una vieja granja que producía sal. La gente del pueblo llamaba a aquel lugar “El Salero”.
Los chavales fueron atendidos de mala manera, haciéndoles trabajar día y noche, acambio de un simple trozo de pan. Dormían encima de los montones de paja de la vieja y lúgubre granja, mientras los padres adoptivos descansaban dentro del cortijo y comían vacuno todos los días.
Los niños ya no soportaban más la presión y un día Antonio se rebeló y les dijo:
- ¡Ya no aguanto más en este lugar! Sois unos desaradecidos y unos desgraciados. ¡No voy a volver a trabajar más!
-¿Con que no quieres trabajar más, eh? Pues aquí, el que no trabaja, no come. Y gracias a ti van a pagar justos por pecadores. ¡Os encerraré en la cuadra y no saldréis de allí! –rugió el hombre.
Por la noche, los chicos tenían hambre:
- ¿Qué hacemos para cenar esta noche? –preguntó el muchacho menor.
- No lo sé, pero tengo un plan. Mañana escaparemos de aquí. Ahora duérmete. –contestó el hermano mayor.
Al día siguiente por la tarde, los chicos cumplieron con su plan y consiguieron llegar a una vieja carretera solitaria. De pronto, un agricultor que pasaba por allí los recogió. Los chicos le explicaron lo ocurrido y decidieron ir al pueblo a denunciar lo ocurrido. Los chicos no sabían cómo dar las gracias al hombre,ante lo que él respondió:
- No tenéis por qué darme las gracias. Vosotros siempre estaréis en mi corazón.
Llegaron apresuradamente a la comisaría y denunciaron a los padres por explotación infantil. Antonio daba datos sobre lo ocurrido y Julio miraba por la ventana. Minutos después, unos soldados del frente dieron la noticia a los chicos de que su padre había muerto.
Antonio se limitó a llorar desconsoladamente mientras Julio se entristecía. Volvió a observar por la ventana y recordó la frase que había dicho su padre y, más tarde también, repitió el agricultor que los ayudó. Muy pensativo, dedujo que fue su padre quien los salvó en la carretera, como su último adiós. En el rostro de Julio se esbozó una gran sonrisa.
Al mismo tiempo, en el suelo, vio cómo brotaba lentamente una margarita. Daba comienzo la primavera.


Autor: Mauro Sánchez Quintero (enero 2009) 2º ESO-B

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La fuente misteriosa


Esta historia sucedió en 1950, en un pueblo muy lejano, de pocos habitantes y mal carácter.
Allí sucedían cosas extraordinarias: la gente podía realizar trabajos sobrehumanos, como levantar grandes piedras y correr muy rápido. Pero no eran felices porque trabajaban muchísimo. Su secreto estaba en una fuente oculta en una cueva, situada en las afueras del lugar. Aquel manantial echaba una rara agua d color amarillento, con un fuerte sabor salado, por lo que la gente del pueblo llamaba a aquel lugar “El Salero”.
Un buen día llegó al pueblo un muchacho rubio, con ojos azules y la cara sucia de habe restado días perdido. Se acercó a una posada pidiendo un trabajo a cambio de un lugar donde dormir. El posadero, al verlo, preguntó:
- ¿Cuál es tu nombre, muchacho?
- Nick. Me han abandonado y llevo días caminando solo.- explicó tímidamente.
El posadero pensó echarlo de allí, pero le dio pena de él y aceptó que trabajase allí, ya que el hombre ya se estaba haciendo mayor y, como no tenía hijos, necesitaba alquien que se ocupara del negocio cuando faltase.
- ¿Qué hacemos de cenar esta noche? –preguntó el muchacho al posadero, para comenzara ayudarle.
Pasaron los días y Nick se adaptó perfectamente al trabajo, ganándose así el cariño de todos los habitantes. El posadero le contó el secreto de la fuente y le indicó dónde estaba, pero le advirtió que nunca fuera allí porque las personas que bebían su agua y no habían nacido en el pueblo, morían.
Nick pensó que se lo decía para que no bebiera y no tuviera los poderes. Así que una noche se escapó y se fue a la cueva de la fuente. Cuando el posadero se dio cuenta, llamó a todos los vecinos y todos llegaron apresuradamente a la cueva. Pero ya era demasiado tarde: Nick había bebido y estaba tirado en el suelo.
El posadero, triste y enfadado porque quería al muchacho como a un hijo, comenzó a destruir la fuente. Pero justo cuando quitó la última piedra, Nick se levantó con más energía que nunca. El posadero lo había salvado y los habitantes del pueblo descubrieron que sin la fuente no tenían poderes pero eran más felices y alegres.

Autor: Fernando Navío Gómez (enero 2009) 2º ESO-D